Nuestra lucha no se trata de una mera elección estrecha entre opciones electorales dentro del actual régimen, sino de apostar por formas de organización económica y espiritual, cualitativamente superiores a la civilización burguesa, donde se garantiza la emancipación del proletariado y la democracia real. Es la lucha popular por la conquista de la civilización socialista, partiendo del estudio científico de las bases materiales que lo posibilitan y con el objetivo último del comunismo.

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21 de septiembre de 2010

Lukashenko. Hora de elegir.

Iván Makushok

Sovietskaya Rossia

Traducido del ruso por Josafat S. Comín
Decidida la fecha para las elecciones presidenciales.

El parlamento bielorruso ha aprobado el 19 de diciembre, como día para elegir presidente. Y esto, lógicamente no es una mera decisión técnica, sino que en gran medida determina la situación política en el país y el estado de las relaciones ruso-bielorrusas, así como las perspectivas del Estado Unificado de Bielorrusia y Rusia.

El principal motivo de esta expectación que se ha creado, son las prioridades políticas y económicas que expondrá en su campaña electoral el actual Presidente de la República de Bielorrusia, A.G. Lukashenko. En juego está la conveniencia del curso actual o la introducción de sensibles cambios de carácter estratégico.

No cabe ninguna duda de que su candidatura se presentará a un nuevo mandato, y la cuestión reside más bien en saber si saldrá siquiera un político bielorruso capaz de convertirse en un competidor real para Alexander Grigorevich.

El reciente ataque mediático contra Lukashenko encabezado por el canal NTV, fue sin duda un claro intento de dar a entender, que en Rusia hay fuerzas influyentes que ven otro escenario para el desarrollo de Bielorrusia y consideran que la unión política y económica de los dos países debe construirse bajo unas condiciones determinadas preferentemente por Rusia.

No se puede decir que en Minsk no se hayan dado cuenta de esto. El tema de la “guerra informativa” fue uno de los más discutidos en la sociedad últimamente, pero la principal conclusión que podemos extraer, es que los bielorrusos no han cambiado para nada la imagen que tienen del Presidente. Más bien al contrario, la serie de la NTV parece haberle venido bien, pues de acuerdo a las últimas encuestas la popularidad de Lukashenko ha crecido como mínimo en un 4%. El motivo está claro: los bielorrusos, que viven una situación de tranquilidad, sin incendios, sin ajustes de cuentas entre bandas, sin escándalos de corrupción, no están ilusionados con la perspectiva de que muchas de esas realidades de la vida en Rusia, se conviertan en parte integrante de la realidad bielorrusa.

Muchos de ellos dicen abiertamente que Rusia no está en condiciones de ofrecer un modelo político de desarrollo atractivo, mientras que la privatización de la economía del país “a la rusa”, simplemente asusta. Y precisamente por eso la mayoría ve en Lukashenko un garante de estabilidad, aunque reconoce que en algunos casos actúa de manera ruda, y a veces autoritaria.

Pero frente al cinismo y la torpeza burda, (¿cómo calificar el intento de establecer un paralelismo entre Lukashenko y Hitler, en un país donde una cuarta parte de la población murió a manos de los fascistas?), se activa un reflejo natural: hay que defender al jefe del estado, al presidente del país.

Por cierto que la reacción en Rusia a la serie de NTV también ha sido mayoritariamente negativa (baste hojear los comentarios en internet, donde más del 80% de los usuarios la valora negativamente).

Son muchos los rusos de a pie que piensan que la vida en Bielorrusia es significativamente mejor, sobre todo desde el punto de vista de la protección social, por no hablar de la calidad de las carreteras (aunque su construcción sea ocho veces más barata que en Moscú).

Por eso incluso algunas de las acusaciones que se lanzan contra el presidente bielorruso, que pudieran tener cierto fundamento, psicológicamente no se asimilan en la sociedad rusa o se comparan con lo que ocurre en Rusia, saliendo nuestro gobierno mucho peor parado.

A lo largo de estos años nadie ha podido colgarle la etiqueta a Lukashenko de sobornable y dilapidador de fondos públicos, y todos los intentos de relacionarle con supuestas cuentas en el extranjero, han terminado en fiasco.

En Moscú algunos analistas dicen que Lukashenko tiene hoy miedo de las elecciones, que no puede vencer sin falsificadas. Pero veamos lo que Alexander Grigorevich puede ofrecer hoy al electorado.

Lo primero de todo, un crecimiento mantenido de la economía bielorrusa (del orden del 6- 8% anual), a pesar de la crisis económica mundial, y en sectores tan importantes como el químico, el energético y la construcción de maquinaria. Por no hablar de que Bielorrusia no sólo es autosuficiente en el terreno agropecuario, sino que es un activo proveedor del mercado ruso (circunstancia esta de rabiosa actualidad para los meses futuros, a tenor de las desastrosas consecuencias de la sequía en el campo ruso).

En los últimos años, los salarios reales han crecido casi el 20% y el nivel alcanzado en las pensiones, permite asegurar a la gente una vida normal. Se acaba de publicar un nuevo decreto presidencial que establece una nueva subida en la cuantía de las becas para estudiantes. No hay diferencias abismales entre ricos y pobres y el sistema de protección social funciona sin sobresaltos.

En lo concerniente a los derivados del petróleo, Bielorrusia — cierto que con ciertas dificultades—, desarrolla un esquema encaminado a disminuir significativamente su dependencia de los envíos de Rusia. En caso de que se alcancen acuerdos para suministro de petróleo venezolano a través de los puertos de Riga y Tallin, se reduciría notablemente el coste, permitiendo una política energética lo suficientemente eficiente.

Dentro de cuatro años, Bielorrusia tiene previsto extraer en Venezuela hasta once millones de toneladas, más tonelada y media más en Irán (las necesidades actuales de Bielorrusia está bien cubiertas con ocho millones de toneladas). La cuestión pues de la dependencia del petróleo ruso podría ser excluida de la agenda.

Esto no quita para que el país cumpla en su totalidad las obligaciones derivadas del tránsito por su territorio del petróleo y gas rusos con destino a Europa.

En el 2009 en Rusia ha exportado a través de Bielorrusia 79,6 millones de toneladas de petróleo, lo que supone el 36% de sus exportaciones.

El tránsito anual de gas supone del orden de 50 mil millones de metros cúbicos (el gaseoducto proyectado “Flujo del norte” podría garantizar esos niveles, trabajando a plena capacidad, pero su construcción supondría una inversión de casi 14 mil millones de dólares. Construir un desvío del gasoducto bielorruso sería tres veces más barato).

La cooperación económica de Rusia y Bielorrusia enmarcada en los programas de la Unión, da trabajo a más de cinco millones de personas en nuestros países y cabe señalar que ese intercambio afecta primordialmente al sector industrial y de las nuevas tecnologías.

Sin Bielorrusia no puede haber una unión aduanera eficaz. Desde los primeros meses de funcionamiento, pese a determinadas complicaciones con los aranceles, ha quedado demostrado la viabilidad y lo beneficioso del proyecto para Rusia y Kazajistán.

De seguir por este camino de acuerdos, el efecto económico para las compañías rusas y los ciudadanos, supondrá decenas, cuando no cientos de miles de millones de dólares, garantizando el libre movimiento de mercancías, servicios y ciudadanos en un enorme territorio.

Buscar la confrontación con Bielorrusia significa volver a fijar la frontera en Smolensk, provocando de nuevo pérdidas multimillonarias.

La presión creciente sobre Lukashenko, por desgracia no conduce a que se puedan ejecutar las tareas y objetivos, fijados hace muchos años por el Estado Unificado, sino que implica que en Bielorrusia cada año que pasa se reduzca el número de partidarios de esa unión y la integración con Rusia ya se empieza a percibir más como un peligro que como un beneficio.

Hoy día, menos del 20% de los bielorrusos son partidarios convencidos de la integración, cuando hace apenas cinco o siete años atrás, lo era más de la mitad de la población. Hay que entender, que cuanta más presión se ejerza sobre Lukashenko, mayor será el acercamiento de Minsk a Occidente, con todas la consecuencias derivadas, tanto en la esfera económica, como de seguridad.

Aunque sea por el hecho de que la nueva generación de bielorrusos no termina de notar demasiada influencia positiva de integración ruso-bielorrusa, da la sensación, de que de no variar la situación, en poco más de dos o tres años, poco más de 5% de los habitantes de la república apostará por una firme unión con Rusia, y serán en su mayoría gente mayor, con una comprensible nostalgia por la Unión Soviética.

Por cierto, que es una situación esta, seguida muy de cerca por otros países del espacio postsoviético, para entender y tener una perspectiva de cómo podrían desarrollarse los procesos integradores.

En especial, esto concierne a Ucrania, donde muchos políticos dicen abiertamente, que un desarrollo de los acontecimientos como ese, es absolutamente inaceptable (incluso con Yushenko, los medios de comunicación rusos no se comportaron de forma tan desmedida).

Lo que es indiscutible, es que las elecciones presidenciales bielorrusas serán democráticas, y que no menos de cinco o seis candidatos aspiran a ocupar el principal cargo en el país, incluido Lukashenko.

Pero sí nos fijamos en los sondeos de opinión (tanto oficiales, como independientes) el apoyo total a todos aquellos que se autodenominan “oposición” no supera el 20%.

Por eso, incluso desde el punto de vista matemático, está claro que ninguno de los candidatos alternativos a Lukashenko, no recogerá más del 4- 5% de los votos. Y eso será así porque la oposición bielorrusa, fruto de sus discrepancias internas, nunca podrá ponerse de acuerdo para presentar un candidato único, y no hay entre ellos ninguno que cuente con un mínimo de experiencia en la gestión del estado.

A menudo surge la pregunta de si es posible la aparición en Bielorrusia de un “candidato prorruso”, en el sentido de que pudiese contar con el máximo de apoyo —al menos mediático—, desde Moscú, y se pronunciase abiertamente contra el actual Presidente.

En teoría sí, pero en la práctica no. Empezando porque no podría presentar un programa atractivo para el elector bielorruso, quien con toda justicia considera que Lukashenko ya hace todo lo posible por mantener una relación de hermanamiento con Rusia. Baste la cuestión de la cooperación cultural. Nadie podrá nunca aportar un ejemplo de que Lukashenko haya dicho que Rusia no es un país amigo, y mucho menos que sea un enemigo.

A nadie debe sorprender que en cuestiones concretas Lukashenko tenga su propio punto de vista, pues no debemos olvidar que estamos hablando del Presidente de un estado soberano, de uno de los países fundadores de la ONU.

La defensa de los intereses nacionales es responsabilidad directa del Presidente y es lo que debe guiar al adoptar importantes decisiones en el ámbito de la política exterior. Algo que se corresponde totalmente con establecido en el artículo 79 de la ley sobre el “Presidente de la república de Bielorrusia”: “El Presidente adopta las medidas necesarias para la defensa de la soberanía de la República de Bielorrusia, de su seguridad nacional y su integridad territorial, garantiza la estabilidad política y económica y la cooperación de los distintos órganos de gobierno y ejerce de intermediario entre los diferentes organismos de poder”.

Si en el transcurso de esta próxima campaña electoral en Bielorrusia apostamos por la “NTVización”, podemos decir hoy con pleno fundamento, que empezaremos a perder a la sociedad bielorrusa, a perder el apoyo de aquellos que quieren de corazón estar junto a Rusia, para quienes la hermandad eslava no es una palabra hueca.

El futuro mismo de Rusia, dependerá en gran medida de cómo se afronten en los próximos meses y años las relaciones con Bielorrusia.

Es evidente (por circunstancias objetivas), que ni cabe ni puede caber ningún tipo de medidas de fuerza por parte de Rusia.

Una Bielorrusia hermana es algo que beneficia a todos los rusos, y no personalmente a Lukashenko.

Pero la realidad dice que sin ese político, auténtico líder de Bielorrusia, el diálogo entre los dos países puede convertirse en el diálogo de un ciego con un sordo. Con todas las consecuencias que de ello se puedan derivar…

Fuente: http://www.sovross.ru/modules.php?name=News&file=article&sid=58435

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